Capítulo 2
Bob Dylan se dejaba oir suave desde el fondo del salón. Eduardo se concetraba exageradamente en el tintinear de la siempre-digna cucharita de plata con la que Maite mezclaba el café.
Ella mirando un Kandinsky colgado en un muro blanco de esos modernistas e introvertidos, lleno de ventanitas puestas aparentemente al azar, con vidrios de todos colores, en donde se solía colocar todo tipo de antiguedades, radios, relojes y botellas de vino francés que no era muy apreciado por esos lados, ya que no se presta para mezclarlo con soda. El aire era tibio y espeso, por el humo de los cigarrillos, por los olores estimulantes que venían de la ventanilla de la cocina que siempre se dejaba sospechosamente abierta.
-Crema?-Preguntaba Eduardo para paliar el frío
-si, dos, no sos de capital verdad?
-sos aguda con los acentos
-no, no fue por eso que me percaté
-entonces?
-te va a extrañar, pero lo supe, por que... no te he escuchado silbar ni un segundo
-...
-Es algo que suena estúpido, pero acá todo el mundo silba, en la calle, en el tren. Una vez estube en Bilbao y me dí cuenta. La gente es muy educada, una sociedad ordenada y evolucionada, madura y expresiva, pero nadie silba en las calles, era algo que echaba de menos, y por eso preferí venirme de vuelta a la Argentina.
-Es curioso, a veces me parece que a la gente le molesta cuando silbo, prefiero caminar en silencio. El otro día me puse a silbar en el ascensor del edificio donde vivo, la gente me miraba de reojo.
-naaa... debió ser por otra cosa, nadie te puede prohibir silbar en Buenos Aires, sería, por llamarlo de alguna manera... hipócrita.
-sentí que atropellaban mi orgullo edonista
-A ver, silbá un poco, dale
-no, como voy a silbar acá, recibiré una reprobación social generalizada
-dale loco, exprésate, let it be...
Eduardo cabeza gacha empezó a silbar una melidía suave aunque ininteligible al principio, pero terminó súbitamente al ver como Maite arrugaba la frente.
Todo el café los estaba mirando con la misma expresión de reprobación social generalizada.
-Que terrible loco, pobre gente, no sabés como entiendo a la gente del ascensor, no tenés oído, sos un desastre.
-soy un verdadero animal
-sos una verguenza para tu país
-soy un pedazo de mierda envuelta en papel
-sos peor que un burro
-soy una bestia apocalíptica
-sos peor que Salieri
-eso, soy un asesino de la música
-sos un hijo de puta
-Galtieri es una mierda al lado mío
-eso, sos un militar
Maite entonaba un semi-rictus y miraba muy de cerca a Eduardo, casi chocando las narices de ambos.
-soy un nazi de mierda
Eduardo frotaba su naríz contra la de Maite y se miraban a los ojos jugando a que Maite lo insultara y ya nada era fuera de ellos, los labios eran uno solo entre sabores a vainilla y crema -sos mi hijo de puta- y se imaginaban viajando a millones de kilómetros por hora, por la 9 de julio, y callate pelotudo, y el frío, y los que protestaban por los silbidos guturales de Eduardo todavía, eran como el canto de los pájaros en una primavera de Praga.
-Fue un placer dejarte ayudarme con el bolso y permitirte invitarme un café- decía Maite muy suave en el oido a Eduardo
-no te vayas por favor
-necesito estar sola un rato, además ya amanece.
Maite soltaba una vez más uno de esos rictus capás de destruir el orgullo de un abogado, achinando los ojos, gesto que hacía sentir a Eduardo estúpido y encantado. Tomó su cartera aún un poco húmeda y giró la puerta del café enarbolando su murciélago negro por sobre la cabeza para protegerse del llanto de un furioso cielo Bonaerense, sin explicaciones.