La República Invisible

Al tiempo y los espacios...

3 de mayo de 2007

Capítulo 2

Bob Dylan se dejaba oir suave desde el fondo del salón. Eduardo se concetraba exageradamente en el tintinear de la siempre-digna cucharita de plata con la que Maite mezclaba el café.
Ella mirando un Kandinsky colgado en un muro blanco de esos modernistas e introvertidos, lleno de ventanitas puestas aparentemente al azar, con vidrios de todos colores, en donde se solía colocar todo tipo de antiguedades, radios, relojes y botellas de vino francés que no era muy apreciado por esos lados, ya que no se presta para mezclarlo con soda. El aire era tibio y espeso, por el humo de los cigarrillos, por los olores estimulantes que venían de la ventanilla de la cocina que siempre se dejaba sospechosamente abierta.

-Crema?-Preguntaba Eduardo para paliar el frío
-si, dos, no sos de capital verdad?
-sos aguda con los acentos
-no, no fue por eso que me percaté
-entonces?
-te va a extrañar, pero lo supe, por que... no te he escuchado silbar ni un segundo
-...
-Es algo que suena estúpido, pero acá todo el mundo silba, en la calle, en el tren. Una vez estube en Bilbao y me dí cuenta. La gente es muy educada, una sociedad ordenada y evolucionada, madura y expresiva, pero nadie silba en las calles, era algo que echaba de menos, y por eso preferí venirme de vuelta a la Argentina.
-Es curioso, a veces me parece que a la gente le molesta cuando silbo, prefiero caminar en silencio. El otro día me puse a silbar en el ascensor del edificio donde vivo, la gente me miraba de reojo.
-naaa... debió ser por otra cosa, nadie te puede prohibir silbar en Buenos Aires, sería, por llamarlo de alguna manera... hipócrita.
-sentí que atropellaban mi orgullo edonista
-A ver, silbá un poco, dale
-no, como voy a silbar acá, recibiré una reprobación social generalizada
-dale loco, exprésate, let it be...
Eduardo cabeza gacha empezó a silbar una melidía suave aunque ininteligible al principio, pero terminó súbitamente al ver como Maite arrugaba la frente.
Todo el café los estaba mirando con la misma expresión de reprobación social generalizada.
-Que terrible loco, pobre gente, no sabés como entiendo a la gente del ascensor, no tenés oído, sos un desastre.
-soy un verdadero animal
-sos una verguenza para tu país
-soy un pedazo de mierda envuelta en papel
-sos peor que un burro
-soy una bestia apocalíptica
-sos peor que Salieri
-eso, soy un asesino de la música
-sos un hijo de puta
-Galtieri es una mierda al lado mío
-eso, sos un militar
Maite entonaba un semi-rictus y miraba muy de cerca a Eduardo, casi chocando las narices de ambos.
-soy un nazi de mierda
Eduardo frotaba su naríz contra la de Maite y se miraban a los ojos jugando a que Maite lo insultara y ya nada era fuera de ellos, los labios eran uno solo entre sabores a vainilla y crema -sos mi hijo de puta- y se imaginaban viajando a millones de kilómetros por hora, por la 9 de julio, y callate pelotudo, y el frío, y los que protestaban por los silbidos guturales de Eduardo todavía, eran como el canto de los pájaros en una primavera de Praga.
-Fue un placer dejarte ayudarme con el bolso y permitirte invitarme un café- decía Maite muy suave en el oido a Eduardo
-no te vayas por favor
-necesito estar sola un rato, además ya amanece.

Maite soltaba una vez más uno de esos rictus capás de destruir el orgullo de un abogado, achinando los ojos, gesto que hacía sentir a Eduardo estúpido y encantado. Tomó su cartera aún un poco húmeda y giró la puerta del café enarbolando su murciélago negro por sobre la cabeza para protegerse del llanto de un furioso cielo Bonaerense, sin explicaciones.

2 de mayo de 2007

Capítulo 1

Dedicaba los instantes más recientes de su existencia a editar imágenes y sensaciones en el recuerdo, otras experiencias. Discutía de futbol con un cappuccino sobr el escritorio. El humo de incienso dibujaba formas caprichosas, solo posibles de ver gracias a la discreta pero contundente influencia de la luz negra. Un cuaderno. Jamás había sido tocado por otra cosa que no fuera el grafito, vírgen de los placeres de una tinta sensual sobre su inmaculada piel blanca y lisa, se lamentaba por su suerte, pero podría decirse que era para lo que había nacido y no muy bien había sido robado de la librería a una cuadra de la estación del tren, que a proósito debería estar por pasar en 15 minutos.
Eduardo necesitaba una ispiración a las 3 de la mañana y solo atinaba a mirar por la ventana las luces de la ciudad, que daban una eterna sensación de atardecer sobre el cuadro cubista que era Buenos Aires a esa hora. Su índice acababa de presionar con suavidad la punta de la tecla negra y una leve estática invitaba ahacer el silencio. A poco andar un Nina Simone se dejaba caer desde lo más alto de la repisa sobre la cabecera. El café ya a la mitad se mezclaba con el bajo contundente, y las plumillas de una batería trasnochada, adoptandop un sabor dulcemente negro, y todo esto flotando en medio de la nobe que dejaba el incienso, un factor conceptual, que permitía dibujar abstracciones espaciales contra el muro blanco.
Era una costumbre períódica sentarse frente al monitor, intentando vomitar sobre el teclado la acumulable corrosión que proporcionaba el tiempo de estar solo. No de mujer, aunque también, pero más de familia, de dios, de ideas. Una modesta forma de liberación, casi tan modesta como ir a lo de Irma y su hija, que dejaban probar un sorbo de lo que se sentía tener una familia, o ir a comer pastelitos de milhojas a lo de Mabel, escuchando su monólogo sobre Dios y la propiedad privada, y las tradiciones europeas. O simplemente hacer horas de sueño que nunca venáin mal, sin menos preciar la posibilidad de masturbarse con las recuerdos de las mujeres que más lo torturaban, damas inalcansables, una especie de autocastigo titulado por una suave y tranquilizadora muerte orgásmica.
Odiaba leer ese pasquín quincenal a esas horas, de hecho solo había tenido permiso de entrar en su mundo, gracias a ir acompañado de la colecci+on de Jazz que ahora escuchaba. Renunciando a sus principios tomó el periódico y los exaltados de Santa Cruz lanzaban consignas racistas en contra d elos Collas del Alto Perú, Fidel buscaba un sucesor, San Lorenzo 1 y Boca 3, y un antiguo conocido se anotaba un rincón de la portada con un suicidio en la vía del tren a plena luz del día.
Su inspiración morelliana definitivamente no dejaba caer su gota sobre la frente. El café sobre el escritorio había experimentado su propia muerte orgásmica, dejando solo olores y porelana a una lengua que buscaba su propio kibbuts ontologizante. Entonces la oscura sombra sobre el sillón de pronto cobró forma de abrigo sobre el cuello de Eduardo, contagiando a la bufanda con ese hambre de interperie. Salió explosivamente por la puerta del departamento de ese edificio tan Nueva Orleans de los años 30. Los pasos se escuchaban como voces del más ayá sobre la escalera metálica, pero no se escucharon gritos de protesta.
Afuera se dejaba sentir la celiizca sobre el pelo de Eduardo, hacía buen frío, pero Buenos Aires se dejaba querer por las noches, un buen café en el centro podía arreglarlo todo, el tren ya debía estar por pasar.
Pagó el boleto pensando en decidir el punto de aterrizage arriba del tren, iba con el cuaderno virgen de tinta bajo el brazo, por lo que no hacía falta con quien conversar, aunque no era una posibilidad enteramente descartada.
Abrió la ventanilla para que le entrara el aire en la cara, estaba húmedo y entraban algunas gotas, pero siempre era bien agradecido el placer del viento contra la cara, tanto como vagar sin rumbo a las 3 y media de la mañana, esos placeres no son para los militares.
En el vagón tres personas. Con la cabeza pegada a la misma ventanilla de Eduarso estaba una chica de ojos verdes y cabello negro. Su cabeza vibraba con el movimiento del tren. tenía una expresión como de calmada angustia, una mirada tiernamente amarga, ojos al vacío. Más ayá un indigente arrepotingado en los asientos del final, al lado de la puerta del vagón. Estaba intermitentemente dormido y atento a la venida del guardia que tendría la fiacosa labor de lanzarlo a la lluvia en alguna estación.
La chica no tenía más de 25, y Eduardo seguía mirandola con una especie de ternurao odiosamente compasiva. Buacaba sin éxito que ella también lo mirara, como no lo logró volvió la cara contra el viento de la ventanilla. Luego sintió el ruido del paraguas que se le resbaló torpemente de las manos a Eduardo y lo miró dos segundos, tenía un ceño fruncido de en alguna parte te he visto, pero no le dió mucha importancia y colocó de nuevo la cabeza contra el vidrio de la ventanilla que la hacía tiritar como si tubiera frío. Eduardo viento en la cara y ardor en los ojos.
-Su boleto señor
"Se te terminó el viaje hermano, bienvenido al planeta" pensaba Eduardo del pobre tipo agazapado en el último rincón del vagón, como presintiendo su final y abriendo los ojos a la insultante luz que parpadeaba en el techo.
-Su boleto señorita- Ella lo mostraba indiferente a todo, solo era ella y su angustia. "Che, me memorizo tres frases y estoy listo para trabajar de guardia del TBA" pensaba Eduardo, por pensar en alguna cosa, por evitar que se le enfriara la cabeza. Deseaba ser por un momento el vidrio que sujetaba la cabeza de la chica de ojos verdes que miraba sin mirar las luces de la estación de Palermo que ya se acercaba. Llegó la hora fatal.
-Su boleto Señor- y los dos espectadores se acomodaron para ver el acontecimiento, la chica se mostraba por primera vez interesada en algo.
-lo tenía por acá, deme un momento por favor, estoy seguro que lo tenía...
-Señor, sin boleto usted se baja ahora mismo- decía el guardia con una voz que delataba que no quería sacarlo, no por compación, sino por que le daba fiaca. El indigente no dijo ni una sola palabra.
Al parar el tren el guardia lo tomó sin ganas del brazo, pero en una reacción que ninguno de los espectadores se esperaba, el tipo se escabulle por debajo del brazo del guardia y corre hacia la chica que no alcanza a reaccionar. De un tirón le arranca el diminuto bolso de charol y amaga a salir por la puerta al andén.
- Hijo de puta- grita la chica que lanzaba un manotón al aire como queriendo recuperar el bolso inutilmente. El vagabundo voltea para ver si le alcanzó la mano, pero tropieza con el siempre inoportuno escalón del tren que no estaba diseñado a la altura de los andenes de la vieja estación Palermo. A tierra el tipo, la cartera, y la explosión de diversos artículos femeninos que salen disparados, junto con partes de un teléfono, trozos de espejo y algunos frascos que parecen de muestra médicas que milagrosamente no se quiebran. La chica baja vioenlentamente del vagón y empuja sin necesidad de ayuda al indigente, que rueda por el andén, aunque nunca se habría parado muy rápido de esa caída. Se arrastra hasta los asientos de espera de la estación y desde ahí hace un amplio recuerdo de toda la familia del guardia que seguía su trayecto en otro vagón como si nada.
Eduardo, petrificado no hizo nada, y el tren comenzaba a moverse, sin percatarse del evento producido. Se paró explosivamente y bajó del vagón antes que agarrara velocidad, alentado por alguna sustancia que había sido agregada al cappuccino con el que discutía en su departamento.
-te ayudo?- solo los dos en la estación, más la mirada de los adormilados guadias y el vagabundo que ya estaba disfrutando de las arenas de Jamaica, era lo menos que podía hacer, necesitaba justificar una bajada tan violenta del tren.
-gracias!- salía una delgada pero segura voz de esa mujer que parecía estar a punto de ponerse a llorar, aunque estaba muy lejos de eso, solo juntaba con calma en el suelo el cruel desparramo de sus intimidades- todavía anda el teléfono, uff, yo te he visto en alguna parte?
-Sos la chica del hospital de hace un par de semanas?
-si, fue un momento olvidable, vos me ayudate a acostarme en la sala de espera, yo no estaba muy conciente.
-te desmayabas a cada rato, tus amigas estaban istéricas
-que bochorno loco, gracias, ya me has ayudado dos veces y no te conozco
-nada que un café caliente no pueda arreglar...

Prefacio oscuro...

Puerta Nº1: ... el reflejo de los caballos salvajes en las ventanas altas de una casona en la punta del rocoso desfiladero, corren enormes, veloces, como seres de fierro negro... los ojos tras la ventana miran en forma deseperada, delirante el correr de los caballos suicidas, la mano temblorosa ya resiste poco, y uno a uno los seres de fierro se lanzan hacia el abismo... el ruido del cristal se ahoga entre los cascos sobre roca, la mano aprieta fuerte un pedazo restante del vidrio quebrado, màs fuerte, y el grito es pisoteado por los cascos sobre la roca, la sangre se diluye en lluvia ... las làgrimas se confunden en la lluvia... y ellos caen como lluvia, sobre las piedras... lluvia...

puerta Nº2: ...el sudor recorre las sienes, el espejo y un lavamanos frìo, metàlico... la respiraciòn se contrae, se aprisiona... desesperaciòn, ahogo... el tipo frente al eapejo del baño oscuro, entre agotar las energìas buscando una soluciòn para abrir su garganta, y conservar los ùltimos sorbos de aire tomados antes del accidente... la bolsa de los instrumentos quirurgicos cae sobre las baldosas del suelo frìo... la única soluciòn es la traquoetomìa... frente al espejo, el sudor inunda las sienes, el escalpelo solo se sitùa sobre la piel y entra sin aviso, sin dolor... todo el mundo sabe de que color es la sangre...

...las luces se apagan... todas las cosas pierden su fuerza... y el suelo se avalanza violentamente HACIA TU CARA!!!

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